José es un hombre bajo, de rulos y cincuentón. Vive en una modesta casa, entre las sierras, a orillas de un freso arroyo de aguas cristalinas. A José le gusta mucho la música, toca muy bien el piano y también compone sus propias canciones. Su familia son dos gatos Chopin y Mozart, que disfrutan de la música como el más exquisito espectador. Acurrucados en un sofá y con ojos cerrados se deleitan mientras José descarga sus sentimientos en el piano. Son su público más fiel.
Una noche, mientras José descansaba se oyeron unas extrañas voces en el piano.
—Yo soy el más importante —dijo DO— todas las octavas empiezan por mi tecla.
—No, eso no es verdad —replicó SOL. Yo soy la clave más usada, le doy nombre a todas las notas del pentagrama, ¡yo soy la más importante! FA, por su parte, comenzó a hacer una alianza con MI y RE “si nos juntamos podemos hacer fuerza contra ellos, nosotros somos el centro de la octava, hagamos valer nuestros derechos”. Todo sonaba muy extraño, las notas del piano discutiendo por su importancia. En tanto, José que dormía plácidamente, soñaba con el concierto que daría en el club del pueblo… ¡qué maravilloso sería tocar ante un auditorio verdadero!
Mientras algunas de las notas seguían con sus opiniones encontradas y tratando cada una de pasar por sobre la otra, LA se alejó pensativa y SI, entre sollozos, se lamentaba: ¡siento tanta pena! ¿Qué sentido tiene esta pelea? Cada uno tiene su sonido propio, yo no puedo sonar como DO, ni FA como RE, ni MI como LA. Cada uno es único y no es ni más ni menos que otro.
La noche llegaba a su fin y las primeras luces del amanecer asomaban entre los pinos. Había llegado el gran día para José. Se bañó, se puso su ropa de pasear y se perfumó, quería estar espléndido para la actuación. Luego de su clásico desayuno con mates amargos con tostadas y miel, abrió la ventana y respiró profundamente el aire serrano cargado de frescura. Se acercó al piano y se sentó en la banqueta. Posó las manos sobre el teclado, alzó la vista como buscando una aprobación y comenzó a ejecutar los primeros acordes. Asustado se alejó y dejó de tocar. Volvió a intentarlo pero otra vez pasaba lo mismo: el sonido era distinto, se oía totalmente desafinado. Solo el LA y el SI conservaban su armonía. José no entendía qué pasaba con el instrumento y se entristeció al saber que no podría practicar lo suficiente para tan esperado evento. Lo que había sucedido en la noche lo ignoraba y era que, de tanto discutir, las notas habían perdido su sonido original y ahora se encontraban sordas y angustiadas. Tomó un descanso y cabizbajo, se fue a caminar por el bosque.
DO, con la voz quebrada le dijo a SOL:
—Me siento muy apenado. No puedo dar el sonido preciso y el pobre José, que tan bien siempre nos ha tratado no podrá ensayar para su concierto—SOL también reflexionó:
—Al fin y al cabo, hemos perdido nuestro verdadero valor sólo por saber quién era el más grande y ahora todos nos sentimos mal —RE, FA y MI se sumaron a la charla:
—Nosotros nos habíamos juntado para pelear y no logramos nada, ¿por qué ahora no aunamos nuestras fuerzas para recuperar el sonido? —DO y SOL respondieron al unísono:
—¡Eso es lo que hay que hacer! Si trabajamos todos en conjunto podremos volver a ser nosotros. SI se emocionó y LA, cual diapasón, comenzó a emitir su sonido en forma pausada e intermitente para que las demás pudieran tomarla de referencia. Así, todas, fueron vocalizando hasta encontrar su voz propia. Mientras esto pasaba, los bemoles y sostenidos, mirando desde arriba, hablaron con la voz de la experiencia:
—¡Cuánto le cuesta a cada uno saber lo que vale y cuánto más valorar la importancia del que está al lado!—A lo que FA# agregó:
—Basta con que uno solo esté desafinado para arruinar toda la melodía.
José regresó del paseo, entró en la casa y se dirigió al living, lugar donde estaba su piano. Pasó su mano suavemente sobre él, como quien acaricia a su mascota más querida y dijo susurrando:
—Hoy es mi gran día, fiel amigo, no puedes fallarme—. Volvió a sentarse y comenzó con la primera de las partituras. Grande fue la sorpresa cuando oyó a sus notas sonar más fuertes y armoniosas que nunca. Sin parar tocó una a una todas las piezas del repertorio. Cuando finalizó, miró a su piano:
—Somos un gran equipo, sabía que darías lo mejor de ti para que yo puediera lucirme hoy.
La hora tan ansiada había llegado. Se puso el sombrero, tomó su valija y feliz se dirigió al pueblo. Desde la ventana de la cocina, Chopin y Mozart lo miraban alejarse mientras se desperezaban de una plácida siesta gatuna.